lunes, 10 de marzo de 2014

LO QUE TENGO QUE DECIR: por Shodai Sennin J. A. Overton-Guerra


LO QUE TENGO QUE DECIR:
5 de marzo, 2014
Shodai Sennin J. A. Overton-Guerra

Llega un momento en la realidad de un pueblo en la que es preciso armarse de una pizca de valor y encararse con la verdad que ha gobernado su existencia – pero la verdad completa, no solamente la difundida, la conveniente, la popular, la placentera. Algo tengo que decir al respecto. La historia del pueblo latinoamericano ha sido regida por una serie de patrones que nuestros pensadores – poetas, historiadores, novelistas, cantautores , activistas y profesores –  han captado repetidamente: la tragedia de la explotación extranjera y de la traición propia, junto con los invariables agregados de miserias y complejos que caracterizan el fenómeno del tercermundismo

Desde la conquista y la colonización por parte de las coronas ibéricas hasta la neo-colonización de las transnacionales americanas y europeas de la actualidad, y desde la tiranía del criollo de la Independencia hasta la clase de políticos corruptos que dominan los titulares de nuestras fechas, la existencia latinoamericana ha sido la historia del progreso de una fase de deshumanización a otra más completa, más arraigada, más insidiosa. Esto ha sido y es un hecho, ha sido y es una realidad, ha sido y es una verdad – y los pensadores latinoamericanos – poetas, historiadores, novelistas, cantautores, activistas y profesores –  han representado estos hechos, estas realidades, estas verdades repetidamente y a lo largo de siglos, a veces hasta con singular belleza, mordacidad y agudeza. 

Estos pensadores han retratado, con la destreza de sus palabras y ritmos, en apasionada voz o en enmelada pluma, y hasta con la vivacidad de un artista pintor, el retrato desalentado de un continente trágico y traumado a modo de un ser mítico, de un unicornio, cuya belleza, delicadeza, e inocencia queda despedazada por las fauces implacables de las bestias infernales de la inconsciencia, del materialismo, del egoísmo y del egocentrismo, y que yace ahora impotente y sumiso, desamparado e indefenso, pero con un sentido hasta soberbio de la nobleza de su abnegado sufrimiento. Son los ecos devotos de un culto a la vida en la muerte y al martirio en la vida. Aquí y ahora es cuando empezamos a toparnos con la otra verdad latinoamericana, la verdad que sus propias creencias han engendrado en ella.

Pero un problema no es un verdadero problema hasta que se califica con una solución. La muerte no es un problema, es una inevitabilidad: no tiene remedio. La miseria de Latinoamérica no es inevitable como lo es la muerte. Es un problema con una solución muy clara y demasiado evidente: la transformación radical del latinoamericano, comenzando por sus propias creencias religiosas – implantadas por los europeos precisamente para la perpetuidad de su estado de colonizado. Hay que comenzar por la religión y continuar transformando toda esa serie de aspectos culturales que derivan, directa e indirectamente de la misma, y que se manifiestan en principios y valores, en gustos y placeres, en intereses y expectativas, en relaciones personales y familiares, y sobre todo en la manera en la que desperdicia su tiempo en distracciones y evasiones. 

La verdad, esa otra verdad que no se quiere reconocer y que todos tratan de evitar es que, más allá de las canalladas de las explotaciones extranjeras y de las infamias nacionales, el problema ha sido precisamente que a los pensadores latinoamericanos les ha faltado sinceridad razonada, les ha faltado visión, les ha faltado “perspectiva estética” – esa claridad analítica de la realidad de un pueblo que solamente se obtiene comparándose con otros más exitosos que han superado o evitado caer en las faltas del suyo propio. Los pensadores de Latinoamérica han sido muy diestros en diagnosticar selectivamente la dolencia – es decir, en identificar solamente una parte del problema que ha acosado al pueblo latinoamericano, enfatizando en realidad la parte que no tiene solución: la parte que depende de la bondad de las fuerzas explotadoras, extranjeras y domésticas, y de la honradez de la clase política corrupta. 

Los pensadores latinoamericanos – poetas, historiadores, novelistas, cantautores, activistas y profesores – también han sido muy acertados a la hora de identificar la etiología – el origen, las causas – siempre de esa misma parte incompleta del problema, de esa parte tan convenientemente ajena al único plan de tratamiento posible: aquel que exige como solución la responsabilidad propia por parte del pueblo latinoamericano mismo. Esperar que quien se beneficia de tu miseria colabore en tu superación es de imbéciles, o de lo que viene a ser lo mismo: de creyentes en un Dios libertador y salvador.

Hablando de necios y de sus necedades, es curioso para mí, desde un punto de vista hasta clínico, el observar cómo las creencias religiosas o bien impulsan a la prosperidad a naciones enteras o bien las condena a la miseria. El mismo Dios que ha inspirado al pueblo judío a ser históricamente el más exitoso del planeta, condena al musulmán a ser el más desdichado. El mismo Dios que inspiró a los españoles y portugueses a conquistar más de medio mundo, sirve igualmente a los pueblos conquistados a mantenerse como colonizados de mente y acción. El mismo Dios providente que motiva al estadounidense a su sentido del Destino Manifiesto, a alzarse desde el borde de la extinción contra la máxima fuerza imperial de su día (Gran Bretaña), a dominar todo el hemisferio americano, y a convertirse en la única superpotencia de nuestra era, mantiene al latinoamericano sumiso y derrotado, apático e ignorante, soberbio y conformista, y claro está, con el “si Dios quiere” y con el “gracias a Dios” en los labios. Ese mismo Dios divide y mantiene al planeta en dos mitades: los ganadores y los perdedores; los que glorifican la superación de la victoria y los que adoran el martirio en la pérdida; los que se esmeran en ser superiores, y lo que tienen “los últimos serán los primeros” como mantra; los que leen y toman la educación como símbolo de la prosperidad del espíritu, y los que hacen culto a la ignorancia y adoración a la soberbia.

Al retratar la actualidad, junto con el camino histórico, trágico a esa actualidad, los pensadores latinoamericanos han sido los más fervientes cómplices, quizás inconscientes y a lo mejor involuntarios pero sin dudas culpables, de sellar el futuro del Latinoamericano con la misma “V” de “VÍCTIMA” con la cual retratan el pasado y el presente. La inmensa mayoría de los latinoamericanos son gobernados enteramente por sus circunstancias, por sus miedos e inseguridades, por sus complejos y supersticiones, por sus apetitos y apegos, por el “pero”, el “no se puede” o el “¿para qué?”. Viven, como indiqué anteriormente, con el “si Dios quiere” y el “gracias a Dios” en los labios. Viven, si es que se puede llamar eso vivir, subsisten más bien, de pura ilusión contentándose con las migajas de las fantasías de hechos y hazañas nunca por lograr y mendigando un futuro a entidades ficticias mientras que sus familias, sus comunidades, sus países continúan, generación tras generación, hundiéndose en el fango de esa mediocridad tercermundista de la cual ellos mismos son otro hediento detrito más. 

Algunos de estos individuos, digamos los de la clase media, se sienten superiores a sus conciudadanos puesto que ellos han logrado cierta seguridad económica, ejerciendo en la capacidad de médicos, ingenieros, abogados, gerentes, o empresarios.  Subsisten cómodamente gracias al patrocinio de una comunidad a la cual miran con desprecio y desdén, confiados de su superioridad puesto que, con una mínima de disciplina parental, han asegurado que sus hijos los sigan representando en su ocupación como futuros parásitos de su pueblo. Insensibles a la miseria que les rodea, ausentes de consciencia social – ni hablemos de fervor patriótico – su sentido de la “moralidad” de su posición por supuesto queda totalmente afianzada ya que como buenos católicos (o como buenos “cristianos”, como viene a ser la moda hoy en día) siguen con regularidad hipócrita el calendario de una institución fundada en nombre solamente en la memoria de un individuo cuyo legado más humanitario fue precisamente la parábola del buen Samaritano

La grandeza de un pueblo no se basa en su devoción religiosa – ni mucho menos en cuántos conciertos oficia, cuántos partidos de futbol televisa, ni en cuántas festividades celebra. De hecho, si la historia nos ha enseñado algo, es que los “dioses” siempre favorecen al más fuerte, al más aplicado, al más audaz, y no al más “piadoso” ni al más ocioso; favorecen al más proactivo y no al “bonachón”; favorecen al más competitivo y no al más “tolerante”; favorecen al altivo, decidido, asertivo y competente, y no al más “humilde” y sumiso; favorecen al disciplinado y capaz de encajar en un escalafón de mando, y no al más soberbio, anarquista y desafiante que rechaza gobierno y jerarquía. Es cierto, la mayoría de los hombres son gobernados por las circunstancias. Pero también los hay que con su temple y carácter, con su poder de voluntad y con su voluntad al poder, tuercen esas circunstancias a su favor e inspiran a naciones enteras a hacer lo mismo. Es cierto, hay hombres, la mayoría de ellos sin dudas, que son dominados por sus miedos e inseguridades, por sus complejos y supersticiones, por sus apetitos y apegos, con el “pero”, el “no se puede” o el “¿para qué?” constante en la mente que los mantienen sujetos a la posición en el que esas circunstancias les ha depositado. Pero hay otros, inspirados precisamente, necesariamente, inevitablemente por los pensadores de su pueblo – por sus poetas, sus historiadores, sus novelistas, sus cantautores, sus activistas y sus profesores – que son capaces de romper esas cadenas invisibles, desgarrar esos grilletes impalpables, despedazar esos muros intangibles y alzarse, como hombres verdaderamente libres para contribuir, en disposición de sus capacidades, a la superación de su pueblo entero.  La medida en la que éstos hombres han brillado por su ausencia de la realidad del pueblo latinoamericano es la misma medida en la que nuestros pensadores – por muy celebrados y galardonados que hayan sido o sean – son otro trágico fracaso más de la cultura. Esto ha sido y es un hecho, ha sido y es una realidad, ha sido y es una verdad.

He Dicho. Así Es. Y Así Será.

Shodai Sennin J. A. Overton-Guerra
5 de marzo del 2014
Playas de Tijuana, Baja California
México

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