“Un gobierno del pueblo y
para el pueblo”
Un gobierno del
pueblo y para el pueblo solamente puede funcionar cuando el pueblo tenga un
nivel de erudición correspondiente a ese nivel de responsabilidad cívica y
política. En un pueblo inculto, obscurantista, altamente religioso y
escasamente educado en historia y literatura – propia y universal – en la
filosofía, en las ciencias, en la economía, en la formación de la cultura y
civilización del “pueblo global” jamás va a tener la sobriedad y la visión
necesaria ni para engendrar buenos políticos ni en saber escogerlos aun
tropezando con ellos por la calle y en persona.
Pero
aquí, en Iberoamérica, el problema es
que pocos – muy pocos, demasiado pocos –
poseen la honestidad, la madurez, y la perspectiva necesaria para darse
cuenta de la realidad del problema: “ellos” mismos, y con “ellos” me refiero a
los mismos lentes que aplican para analizar y para analizarse. No se paran a
preguntarse cuales son los factores precisos, específicos, que distinguen a sus
respectivos países de los más prósperos del planeta, como Gran Bretaña o
Francia. No se dan cuenta, o no atribuyen importancia, por ejemplo, a su nivel
de “analfabetismo cuantitativo” con respecto a los países del primer mundo, es
decir, al hecho de que por lo general, estadísticamente, el iberoamericano
medio desdeña la lectura en comparación con el ciudadano medio europeo. La
mayoría de iberoamericanos carecen, (o no
les interesa aplicar) la disciplina necesaria para superarse a si mismos en su
propio estado de colonización. El Tercer Mundo es el Tercer Mundo porque fue
formado para serlo, es decir, la cultura misma - desde los ideales religiosos
hasta los esquemas que determinan las preferencias de como aplicar su tiempo
libre - fue diseñada y a la vez auto-adaptada a una condición de servidumbre
ante el Primer Mundo. El problema esta en la CULTURA misma. Los políticos, las
actitudes apáticas del pueblo, etc., solamente son manifestaciones de la
cultura. Si quieren dejar de ser parte del problema y contribuir a la solución
entonces comiencen a ocuparse en el proceso de análisis de la cultura misma y
de los factores que hacen al Tercer Mundo inferior al Primero. Acéptenlo: este
el un mundo competitivo, y si no quieren servir siempre de tapete al primer
mundo, y condenar a sus generaciones futuras a lo mismo, tendrán que cambiar
RADICALMENTE su forma de “ser” y de “estar” en el mundo. Y para eso precisan
comenzar por un análisis meticuloso de esta forma incompetente, defectuosa,
colonizada de “ser” y de “estar”.
Aquellos
que se quejan de la corrupción de los “políticos” y de la ignorancia y de la
apatía del “pueblo”, ¿cuál es su nivel? ¿Cuántos no pagan la ‘mordida’ al
policía para evitar la multa ilícita de tráfico en vez de ejercer sus derechos
como ciudadano y delatar su corrupción? ¿Cuántos pagan sus impuestos de acuerdo
a la medida estipulada por la ley? ¿Cuántos de ustedes siguen las leyes de
tráfico y se abrochan los cinturones de seguridad, frenan completamente en los
altos, respetan los semáforos, o señalan antes de torcer o cambiar de carril?
Poquísimos – y solamente aquellos que cumplen con el reglamento legal, por
gusto y buena voluntad y no bajo pena de castigo, tienen el derecho de quejarse
de la corrupción ajena. ¡Pero es
increíble observar como los mexicanos, a punto de cruzar la frontera con los
EE.UU. saben abrocharse los cinturones de seguridad y mandar los niños a sus
asientos traseros! Y una vez al “otro lado” de pronto se convierten en
conductores modelo.
Con
respecto a la apatía, ¿cuántos de ustedes lleva un régimen de ejercicio físico
mantiene un nivel de condición que inspire a los demás, en vez de llevar un
estilo de vida completamente vegetativo? ¿Por qué será que México se disputa el
primer lugar en obesidad infantil y adulta? Sean sinceros: ¡echen una ojeadita
a sus propias cinturas y díganme que tienen el derecho de criticar al resto del
Pueblo mexicano por su apatía! Aquí la gente vive para el buen comer,
esclavizados completamente por los apegos de sus paladares y sin muestra alguna
de una disciplina personal.
Con respecto a la ignorancia, pueden culpar al
gobierno por el estado deplorable del sistema educativo de México – el último
en la OCDE – pero no pueden culpar al gobierno por el rechazo que tiene el
pueblo hacia la lectura, hacia el estudio filosófico, científico. ¿Cuántos de
ustedes no prefieren sentarse a ver la televisión en vez de sentarse con un
buen libro, con un libro académico de filosofía, de literatura clásica, de
ciencias, de política, de historia para remediar el pésimo estado de la
educación estatal? ¿Cuántos de ustedes, padres y madres, exigen a sus hijos que
lean en vez de perder el tiempo en Youtube o en Facebook? Todo lo contrario: aquí la actitud dominante
es que la niñez y la adolescencia es para “divertirse” en vez de para
“aplicarse” en pos de una formación educativa.
Finalmente
la soberbia – ¡eso reina en todo el mundo Hispano, desde los Pirineos hasta
Gibraltar y desde Tijuana hasta Tierra de Fuego! ¿Cuántos son capaces honestamente de darse
cuenta de que las criticas anteriores no solamente son bien fundadas y justificadas
mediante – tanto estadísticas nacionales
e internacionales como mediante observaciones comunes – sino de reconocer sus
propias contribuciones negativas al estado deplorable del país? ¿Cuántos de
ustedes en vez de sentir una indignación consigo mismos no sentirán el impulso,
negativista-desafiante, de “matar al mensajero” o de recurrir a alguna
vulgaridad o grosería en su (inútil) defensa? ¿Cuántos tomarán la crítica como
el primer paso de un análisis que lleve a una corrección?
Si
de verdad quieren hacer algo útil para su país, empiecen por cambiarse a si
mismos, a exigir un cambio en sus hijos en cuanto a su formación, y a inspirar
un cambio en los demás. Pero no busquen en los modelos de conducta ni de
educación que se ofrecen aquí en Iberoamérica, eso sería recurrir al ciego para
guiar al ciego. Ni se rijan por estos estándares o por las normas que aquí se
ofrecen tampoco, porque los estándares son pésimos y las normas son mediocres.
¿Si el sistema educativo es inferior, qué puede aportar alguien formado en ese
mismo sistema? Hay que compararse con los mejores del mundo en cada categoría
para inspirarse a la superación precisamente porque el gran problema de toda
Iberoamérica es que es un “Pueblo Perdido”, una “Tierra de Nadie”, desprovista
de heroicidad y desprovista de sabiduría porque no hay ni héroes ni sabios que
incorporen esas cualidades en la cultura y que con su vivo ejemplo inspire a
las personas a que superen su estado presente de mediocridad, obscurantismo, y
colonización. En toda cultura el
sabio-guerrero, ya sea en la forma de un Mandela, de un Gandhi, de un Martin
Lutero King Jr., etc., es el que ofrece el norte, el mapa, y la brújula a una
cultura, a una nación, a un pueblo, a una comunidad, a una familia, para salir
del hoyo en que se encuentre. En Iberoamérica ese hoyo se llama el
“Tercermundismo” y el proceso que lo ha creado es el autosustentable de la
colonización.
Para
completar esta anotación aporto dos escritos anteriores míos: el primero es una
poesía, “Pueblo Perdido”, que a mi forma de ver capta la esencia de la
corrupción que corroe todos los pueblos de la Hispanidad. El segundo escrito es
un ensayo alegórico sobre la evolución del problema.
Pueblo de nadie,
15 de noviembre, 2011 por Shodai Sennin J.A. Overton-Guerra
Tierra parca de sueños
Almas de esclavos
Pueblo que implora dueños
Y se vende por centavos
Tierra sin piernas ni
ilusiones
Caminan arrastrados
Pueblo sin visiones
Donde se paran acostados
Tierra de pesadillas
Ni a soñar se atreve
Pueblo que nace de
rodillas
Y lo mediocre promueve
Tierra de futuro ausente
Pueblo sin ídolos ni
figuras
Colonizados de cuerpo y
mente
Héroes sin bravuras
Tierra sin riqueza de
visionarios
Pueblo de corruptos y
vicarios
Exiliado de guerreros
Desterrada de sabios
Tierra de fueros
Pueblo de soberbias y apatías
Vacía de causas
Repleta de rebeldías
Tierra ignorante que
rechaza enseñanza
Tierra supersticiosa y con
eruditos resentida
Pueblo de infancia
malcriada
De juventud desperdiciada
y consentida
Tierra tan pobre que solo
el dinero adquiere
Donde el que más tiene es
el que vale
Pueblo sin compromiso ni
disciplina
Tierra perdida, Pueblo de
nadie
Por
Shodai Sennin J.A. Overton-Guerra
De la
Bitácora de Shodai, Vol II, por Shodai Sennin J.A. Overton-Guerra
ANOTACIONES
PARA EL 30 DE MAYO 2011
148. Título de la Anotación: “La aniquilación y el ostracismo del
‘sabio-guerrero’ en la cultura iberoamericana.”
He aquí un lobo
adulto, el líder de una gran manada, el alfa macho. En su estado natural de
libertad es regio, altivo, confiado; es fuerte, es sabio. La manada sobrevive
gracias a sus atributos como líder; sabe organizar la caza, sabe mantener el
orden. Lleva la responsabilidad del mando y los privilegios también: suyos son
los cachorros, él es el primero en consumir de lo cazado. Aprendió su oficio de
otro alfa, quizás su padre, y así se propagó una cadena de conocimiento, de
sabiduría, desde los inicios de su especie hasta él, el presente. Su mirada
impone, su presencia emana poder, confianza; demanda respeto, exige admiración.
Captúrenle del bosque y traten de domarle, o incluso domesticarle: le
encerrarán, le someterán a las más crueles de las torturas – que incluye
privarle de su natural estado de libertad, de su identidad – pero domarle no es
posible, mucho menos domesticarle. Jamás será un perrito faldero, no está en
él. Le “nace” a la mínima oportunidad, mientras que sus miembros respondan,
huir en pos de su libertad; le surge que en la menor ocasión, por en cuanto sus
dientes y mandíbulas sean capaces, luchar contra los agentes, vivos o inertes,
de su cautiverio. Se le puede someter físicamente, se violentar su cuerpo, pero
su espíritu siempre anhelará y gravitará a la libertad que es su derecho, que
es su esencia, que es su ser.
Así es el auténtico sabio-guerrero:
inquebrantable en espíritu, inagotable en voluntad; incesante en su afán de ser
libre, libre en su afán de conocimiento; incansable en la búsqueda de la
excelencia, de la auto-perfección; implacable en la realización de su misión.
Como a Nelson Mandela, a Martín Lutero King o a Mahatma Gandhi, se le puede
encarcelar en cuerpo pero en mente, en espíritu su esencia misma trasciende el
dolor, el miedo, las cadenas, los guardias, los muros, y las vallas.
He aquí un lobezno, es decir, un cachorro de
lobo; aun cuando le retiremos de la naturaleza, de la compañía de sus padres,
de la guía y ejemplo que es para él el lobo alfa; aun cuando le privemos de la
manada que completa su formación en calidad de lobo y que le inculca no
solamente el conocimiento de la caza sino la disciplina y la jerarquía del
mando, de la obediencia, del orden, aun así tampoco tendremos al final mejor
suerte de la que tuvimos con el adulto de la especie a la hora de tratar de
domarle, mucho menos de domesticarle. Cierto es que cuanto más pequeño y más
joven le atrapemos más mostrará ciertas actitudes iniciales que nos alentarán
en la fantasía de que algún día servirá de mascota fiel; pero llegadas ciertas
etapas de madurez mental y física, el futuro de nuestro gozo, de nuestra
ilusión caerá al fondo del pozo del proverbio, y la realidad se revelará como
tal: sigue siendo un animal salvaje, libre de espíritu.
Claro está, que al privarle de la oportunidad
crítica de saber lo que es, de completar el desarrollo de su identidad como
especie libre, tampoco podremos devolverle a la naturaleza: perecerá
desprovisto del conocimiento, de la práctica, de la sabiduría de cómo aplicar
ese impulso biológico, propio de su condición de animal salvaje, hacia la
libertad: sin el conocimiento y sin el entrenamiento de cómo ser un lobo no
podrá sobrevivir. Pero una vez libre el cachorro buscará instintivamente a
miembros de los suyos hasta que se encuentre en la compañía de un lobo adulto,
de una manada que le acepte y que le encamine e inculque en el sendero de su
especie. Así igual que ese lobezno es el pueblo inicialmente colonizado: vive
perdido pero aún consciente de sus raíces; vive anhelando su identidad,
añorando lo que les falta: la disciplina guerrera junto con la sabiduría
cultural que le moldee a vivir de acuerdo a quién es. Ese pueblo aún sabría dar
tributo, homenaje y respeto a aquel individuo que se les apareciera como su
guía, como su maestro, y que, devolviéndoles su dignidad y razón de ser, les
encaminara y disciplinara de acuerdo a quiénes son, a su identidad original.
Crucemos a generaciones de lobeznos
capturados, progresivamente seleccionando a los más dóciles, a los más
gentiles, desechando del acervo genético a los más agresivos y reacios. Con el
transcurso de las generaciones acabaremos por último con una representación de
la especie original que no solamente es domable, sino claramente domesticable.
Nunca alcanzarán la madurez mental y emocional de un lobo adulto sino que se
mantienen perpetuamente en una condición de cachorros, transfiriendo su
dependencia en ese estado a sus amos humanos que remplazan a sus padres de la
manada ancestral. Faltos de un conocimiento de su identidad original, adoptan
la identidad que sus captores y criadores les otorgue; son ya mascotas fieles,
serviciales, totalmente subordinados y dependientes de los mismos seres que
privaron a sus ancestros de su libertad, de su ser, de su identidad.
El resultado ya no es un lobo, ni tiene
consciencia de, ni interés en serlo; pero tampoco es un humano, jamás lo será:
son perros, ex-lobos despojados de su esencia lupina para convertirse en anexos
humanos, en otros accesorios más de la civilización. Su alfa macho es el humano
que lidera la familia; su manada es la familia misma. Ahora vive para servir a
su amo. Y su enlace empático con, y su dependencia emocional del mismo es tal
que vive solamente para agradarle, para sus caricias, aprobación y
reconocimiento. Para convivir mejor con su familia humana se le disciplina a
ser obediente, a venir cuando se le llama, a hacer trucos que resulten agradables,
graciosos y entretenidos. A veces, en el mejor de los casos, desempeña una
función con honor y dignidad como es el caso del perro policía o del perro
lazarillo. Su comida ya no la aprende a cazar sino a buscarla en su cuenco; su
existencia circula entorna a sus amos, es incompleto sin ellos. Camina ya no
libre en pos de la gran caza, sino amarrado de una correa ceñida al yugo que es
su collar. Es, con suerte, consentido y mimado, pero desprovisto de cualquier
cosa que su ancestro llamaría “dignidad”. He aquí al perro doméstico, y he aquí
el ser humano primer-mundista, el habitante “integrado” de este mundo
“civilizado” creado, propiciado, y dominado por las potencias europeas, y su
derivado angloamericano, desde el siglo XVI hasta el presente.
El ser humano “civilizado-integrado” es un
profesional, un licenciado, un profesionista, un oficinista, un médico, un
administrador, un deportista profesional, un artista de cine, un abogado, un
policía, un militar, un banquero, un enfermero, un plomero o fontanero, un
albañil, incluso un criminal – da igual cómo se gane la vida con tal de que
encaje ordenadamente en el sistema socio-económico actual como consumidor
– su misma humanidad se mide en términos de su demostrada capacidad de
adquisición de bienes materiales: “tanto tienes, tanto vales”. El ser humano
“civilizado-integrado” está múltiplemente esclavizado y enajenado de la
naturaleza, de la humanidad, y de sí mismo mediante este sistema
socio-económico iniciado y cultivado por el colonialismo europeo, y perpetuado
y perfeccionado por el imperialismo corporativo transnacional estadounidense.
Está enajenado de sí mismo puesto que desconoce su esencia, desconoce lo que
es, lo que debe ser, y cómo transformarse. Este estado de enajenación personal
le causa un gran vacío existencial por dentro, interior, que no sabe
cómo rellenar y por consecuencia una angustia existencial que no sabe cómo
abatir. Es precisamente este vacío existencial lo que la civilización y la
colonización europea y el imperialismo transnacional corporativo han sabido
mejor explotar y acrecentar.
De hecho, el proceso de la civilización
occidental inculca al ser humano “civilizado-integrado” la idea, la necesidad,
el impulso desesperado de buscar la solución a su angustia existencial por una
parte en la aprobación de una deidad, y por otra en la gratificación inmediata,
efímera mediante el consumo materialista de objetos innecesarios. Ambos
recursos son externos a su persona, a su alcance directo e inmediato; ambos le
esclavizan por dentro y por fuera. Ambas fuentes de su falso consuelo son
externas a su poder personal, están deliberadamente, estratégicamente ubicadas por
fuera de él, es decir, ni siquiera son soluciones a los cuales tuviera
libre acceso aunque fuese el caso de ser verdaderas remedios a su dolencia –
que por su puesto no lo son, sino todo lo contrario. La religión occidental y
la corporación transnacional, como buenos traficantes de un narcótico
psicológico-espiritual, inspiran un estado de adicción emocional con el cual
esclavizan el cuerpo, colonizan la mente, y conquistan el espíritu de sus
víctimas. El ser humano
“civilizado-integrado” está además enajenado del fruto de su trabajo – “labor” lo denomina, palabra sinónima de
“faena”, de “trastada”, de “mala pasada” –
en vez de encontrar en su obra, en su esfuerzo, cobijo, refugio, orgullo,
complicidad, autorrealización. No obstante, el sistema ha inculcado en el
“ciudadano-integrado” una necesidad de cumplir con su régimen de adquisiciones
según el adagio de “lo tienes es lo que vales” en vez de “lo que eres
es lo que vales,” y de acuerdo al lema “más es mejor” en vez de “mejor
es más”.
Sin embargo existe
una condición canina por debajo de la del perrito faldero: he aquí el perro
callejero. Naciera con amo o en la calle misma, el perro callejero es el anexo
descastado, el accesorio desalojado de la civilización. Indeseado y abandonado,
vagabundea por las calles enfermo, hambriento, descuidado, alimentándose de la
basura, de los escombros. Es considerado la gran vergüenza, la gran alimaña, el
gran símbolo de la suciedad, del despojo y de la decadencia de los centros
urbanos; simultáneamente, para aquellos más sensibles, es el recuerdo inmediato
de la crueldad y del egoísmo del ser humano y de la indiferencia que manifiesta
con las especies de vida, incluso con aquellas que profanó en su esencia para
satisfacer su propia necesidad o antojo.
Carente del espíritu y del conocimiento de su
antepasado regio, y víctima de innumerables carencias y traumas, el perro
callejero a pesar de ser técnicamente “libre” es incapaz de regresar a la nobleza
de su punto de origen ancestral. Atrapado en un limbo existencial, a su vez
tampoco es capaz de encajar fácilmente en un hogar en calidad de compañero
doméstico, es decir, no sin la caridad y conocimiento de una mano experta que
le entrene y discipline – suponiendo que tuviera la inmensa suerte de ser
ofrecida dicha oportunidad. Desprovisto del conocimiento del orden, de la
disciplina organizadora de la jerarquía de mando propia de la manada, el perro
callejero no puede convertir su condición de desahucio en uno de libertad según
el cuál tomaría la tremenda oportunidad de gozar de su liberación del yugo del
collar, para regresar feliz y contento al estado de dignidad original de su
noble ancestro “precivilizado” – el
lobo. He aquí el perro callejero; he aquí también el ciudadano tercermundista,
el “ciudadano-desahuciado” del mundo civilizado.
Las poblaciones indígenas en particular, y los
descendientes europeos colonizados de las Américas, de África, de Indonesia, y
de Oceanía, etc. en general, fueron sometidas a un proceso análogo al de la
domesticación del lobo, pero no precisamente con el objetivo de crear naciones
de “ciudadanos integrados”, sino de todo lo contrario: de fomentar una masa de
“ciudadanos-desahuciados” desorganizados, conformistas, ignorantes,
incumplidos, irresponsables, etc., incapaces, al igual que el perro callejero,
de beneficiarse de la condición de libertad que lograron como resultado de sus
respectivos movimientos de independencia. El tercermundista, el
“ciudadano-desahuciado”, al igual que el perro callejero, no puede ni
retroceder a un estado de pre-colonización o de pre-civilización europea, ni
tampoco posee las cualidades – el conocimiento, la cultura, la educación, el
estatus socioeconómico, la disciplina, la autoconfianza, la motivación, etc. –
para integrarse de pleno en – y competir con – el primer mundo. Es de notar que
esta condición de “ciudadano-desahuciado” existe no solamente en los países
tercermundistas, aunque ahí destacan por su porcentaje dominante de la población,
sino también en el creciente margen socioeconómico fallido del, denominémoslo,
“tercer mundo en el primer mundo” – las barriadas, los guetos, los proyectos,
etc., de Nueva York, de Los Ángeles, de Atlanta, de Chicago, de Paris, de
Londres, etc.
Llamémoslos “Superpotencias”,
“híperpotencias,” o simplemente “Imperios”, el resultado final es el mismo: una
nación o pueblo más poderoso entra en una relación con otros con el fin de
explotar sus recursos naturales y humanos. Debido a la desigualdad de poder –
sobre todo militar y tecnológico – entre la “híperpotencia” y sus “socios”, la
relación resultante conlleva una tremenda desigualdad de costos (sociales,
culturales, naturales, etc.) por parte de los “socios” y de beneficios
(económicos, estratégicos, etc.) a favor de la “superpotencia”. Esta
desigualdad se extiende de tal grado que la relación se describe no en términos
de una simbiosis de comparable beneficio mutual, sino de una explotación
parasitaria en la que la superpotencia es un explotador de sus huéspedes, sobre
todo de aquellos tercermundistas.
La relación de explotación, o al menos
desigualdad de términos, entre clanes, pueblos, reinos, naciones, países es
seguramente tan antigua como el concepto misma, pero la disparidad tecnológica
y militar que mostraron los europeos con respecto al resto del mundo incluyendo
y sobretodo los pueblos indígenas de África, Oceanía, y las Américas constituye
una situación insólita en la historia mundial. Los resultados, que comenzaron
en el siglo XVI con la expansión colonizadora europea y continua hasta el
presente, han sido horrendos para estas poblaciones. Durante todo ese tiempo
las fuerzas dominantes, ya sean del imperio, de la superpotencia, o de la
híperpotencia, han tenido muchas oportunidades para perfeccionar sus
estrategias de dominio y explotación. La explotación de un individuo o clase
social o pueblo tiene niveles o fases. En la fase inicial los explotados aún
saben lo que son; ésta es la fase más frustrante, arriesgada y menos productiva
para el agente explotador: los dominados todavía saben que son lobos. Muchos
recursos tienen que ser aplicados en evitar sublevaciones, sabotajes, motines,
insurgencias, etc. El lobo alfa – el sabio-guerrero – no cede su libertad
voluntariamente y sin una lucha feroz.
El nivel de explotación ideal, es decir, el
último, requiere de una esclavización mental-espiritual del pueblo. En ese
nivel la fuerza colonizadora ha logrado que la clase o el pueblo avasallado no
solamente no se dé cuenta de su situación, sino que por lo contrario, esté o
completamente indiferente a su estado, o convencido de que es tanto o más libre
que sus ancestros, de esa forma participa plenamente en su propia explotación.
Ese es el estado actual de la América Latina.
El viernes pasado, día 27 de mayo, 2011,
durante el seminario de FITA y con el motivo del análisis del discurso de
despedida del ex-presidente de los EE.UU. Dwight D. Eisenhower, acabé
improvisando un breve seminario sobre la historia de la “Guerra Fría”, sobre la
estrategia político-militar-económica del “Detente”, sobre el significado del
neologismo “complejo industrial-militar” propiciado por Eisenhower durante ese
mismo discurso, y sobre los efectos de la política exterior antisocialista y
anticomunista estadounidense en el mundo iberoamericano. Estos efectos se
expresaron de muchas formas y en numerosos ámbitos de las culturas de la
América Latina: en la política, en la sociedad, en la economía, en la
educación, en los valores materialistas, en la identidad individual y nacional,
pero de ninguna forma más directa y más obvia que en la programación
ideológica, cultural, y social anti-intelectualista que apoyara su política
pro-fascista y anti-izquierdista.
La civilización occidental, cuyos orígenes
intelectuales parten del “gnothi seauton”, del “conócete”, del impulso de
hallar respuesta al imperativo de “sabe qué eres” – ha entendido, aunque fuese
inconscientemente, que a la hora de someter, dominar, colonizar a un pueblo –
propio o ajeno – es de máxima prioridad extirpar, aniquilar, anonadar el mero
impulso y la curiosidad de la búsqueda de la identidad y de la curiosidad
intelectual en el mismo. Son precisamente esas dos corrientes filosóficas las
que son el origen y la base de la ventaja intelectual europea convertida en la
superioridad tecnológica-militar que permitió a sus naciones constituyentes, y
a su derivado angloamericano, repartirse y someter al mundo. Como dijo Stalin:
“Las ideas son más poderosas que las armas. No permitimos a nuestros
enemigos armas. ¿Por qué les iríamos a permitir ideas?”
EE.UU. durante y desde la Guerra Fría siguió
una estrategia dirigida a proteger sus intereses nacionales en Latinoamérica
contra la “amenaza Roja” del comunismo y del socialismo chino y soviético.
Aparte de la protección de sus fronteras contra la amenaza de una temida
invasión soviética, EE.UU., un imperio capitalista, se empeñó en proteger los
intereses de las compañías transnacionales americanas operando desde Tijuana
hasta Tierra del Fuego. Para resguardar estos intereses era preciso continuar y
acrecentar el estado de mansedumbre e ignorancia que España y Portugal
establecieron entre las masas latinoamericanas. Efectivamente, no hay que
perder de vista que Iberoamérica ya había sido conquistada durante siglos y que
el efecto de los EE.UU., en realidad, viene a ser solamente una extensión y
continuación de la política colonizadora de las antiguas superpotencias
Ibéricas.
¿Pero qué fue lo que más afectó a estos
pueblos, a estas naciones, a estas comunidades, a estas familias que ocasionó
que sus integrantes quedaran reducidos durante el proceso de colonización a ese
estado de “ciudadano-desahuciado” de la comunidad mundial? ¿La pérdida de su
idioma? No exactamente; los judíos en su mayoría ya no hablan hebreo fuera de
Israel, pero siguen siendo la minoría étnica más exitosa de la historia. ¿La
pérdida de sus creencias religiosas originales? No del todo; la implantación de
las religiones occidentales monoteístas definitivamente ejerció un papel, y un
papel fundamental en la conquista y subyugación espiritual de la población,
pero la pérdida misma de sus creencias aborígenes no – de hecho nos vendría de
maravilla una buena oleada de ateismo en mundo iberoamericano y en todo el
tercermundista en general. ¿La pérdida de su alimentación, de su recetario de
cocina? No, eso no. ¿El cambio de usanza indumentaria, la mudanza de sus
vestimentas tradicionales? No, en absoluto. ¿La pérdida de sus danzas y
costumbres rituales? No, claro que no. ¿De su calendario de festividades?
Tampoco. Todas esas pérdidas al fin y al cabo son cambios normales que una
cultura sometida experimenta durante el proceso de transformación bajo el
dominio de una cultura superior: la Galia, la Germania, Hispania, bajo los
romanos, por ejemplo. España bajo los Musulmanes, por citar otro. No, fue algo
más lo que perdieron durante la colonización. Perdieron un factor mucho más
decisivo, mucho más determinante que la religión, el idioma, la dieta, las
celebraciones festivas, la vestimenta, etc. Perdieron, por diseño y estrategia,
la presencia y la vigencia de la figura del sabio-guerrero, lo que en MAMBA-RYU
venimos a llamar el Sennin. Una poesía náhuatl, que incluyo abajo en su
transliteración original seguido de una traducción y comentario, describe la
función del Sennin, del Tlamatini, con increíble precisión y elocuencia:
Tlamatini: El Sabio Náhuatl
In tlamatini
El que
sabe
In tlamatini: tlavilli ocutl, tomavac ocutl
hapocyo;
El que
sabe: una luz, una tea, una gruesa tea que no ahuma – que no causa humo, que no confunde las cosas, sino que las esclarece.
tezcatl coyavac, tezcatl necuc xapo;
Un
espejo horadado, un espejo agujereado por ambos lados.
tlile, tlapale, amuxva, amoxe.
Suya es
la tinta negra y roja, de él son los códices, de él son los libros de pinturas.
(El posee el conocimiento más sagrado
sobre la identidad del pueblo.)
Tlilli, tlapalli.
Él mismo
es escritura y sabiduría.
Hutli, teyacanqui, tlanelo;
Es
camino, guía veraz para otros.
tevicani, tlavicani, tlayacanqui.
Conduce
a las personas y a las cosas, es guía en los negocios, asuntos, humanos.
In qualli tlamatini,
ticiti, piale,
El sabio
verdadero es cuidadoso (como un médico) y guarda la tradición.
machize, temachtli, temachiloni, neltocani.
Suya es
la sabiduría trasmitida, él es quién la enseña, sigue la verdad
Neltiliztli temachtiani, tenonotzani;
Maestro
de la verdad, no deja de amonestar - de
regañar, de reñir, de reprender, de corregir, de sermonear
teixtlamachtiani, teixcuitiani, teixtomani;
Hace
sabios los rostros ajenos, hace a los otros tomar una cara (una personalidad, una identidad), los
hace desarrollarla.
tenacaztlapoani, tetlaviliani,
Les abre
los oídos, los ilumina.
teyacayani, tehutequiani,
Es
maestro de guías, les da su camino, de él uno depende.
itech pipilcotiuh.
Pone un
espejo delante de los otros, los hace cuerdos, cuidadosos;
Tetezcaviani, teyolcuitiani, neticiviloni,
neixcuitiloni.
Hace que
en ellos aparezca una cara (una personalidad,
una identidad).
Tlavica, tlahutlatoctia, tlatlalia, tlatecpana
Se fija
en las cosas, regula su camino (de ellas),
dispone y ordena – (impone orden, comanda.)
Cemanavactlavia,
Aplica
su luz sobre el mundo – enseña, ilumina,
adiestra.
topan, mictlan quimati.
Conoce
lo (que está) sobre (por encima de)
nosotros (y), la región de los muertos.
Haquehquelti, haxihxicti,
El sabio
(Es el hombre serio).
itech nechicavalo, itech
nenetzahtzililo, temachilo,
Cualquiera
es confortado por él, es corregido, es enseñado.
itech netlacaneco, itech netlaquauhtlamacho,
Gracias
a él la gente humaniza su querer y recibe una estricta enseñanza.
tlayolpachivitia,
tepachivitia, tlapalevia, ticiti,
tepatia.
Conforta
el corazón, conforta a la gente, ayuda, remedia, a todos cura.
Lo que estos pueblos, países, naciones,
comunidades, y familias, habitados y repletos de “ciudadanos-desahuciados” han
perdido de su consciencia presente e histórica es cualquier vestigio del arquetipo
del sabio-guerrero, de aquél individuo, o género de individuos, capacitado para
forjar una identidad nacional y personal de competitividad, de dignidad, de
emprendimiento, de disciplina. Una identidad que abarcara con orgullo los
logros ancestrales de generaciones pasadas – de todas sus raíces culturales –
con vistas a la creación de un patrimonio nacional de honor y no de corrupción,
de disciplina pero no de violencia, de compasión pero no de consentimiento
surgiría de las cenizas coloniales como lo hizo Japón de su derrota durante la
segunda guerra mundial. La eliminación del arquetipo del sabio-guerrero de la
geografía mental, cultural, política, social e histórica del tercer mundo por
parte de las fuerzas colonizadoras ha sido por decreto, por diseño y por
estrategia, y ha sido un tremendo éxito. No es una pérdida de la cuál se
recupere un pueblo, una nación, una cultura, una sociedad con facilidad.
El sabio-guerrero, representado por el dragón
en ciertas culturas orientales, constituye en único individuo capaz de
concienciar a una nación en cuanto a sus raíces y orígenes, el único capaz de
educarles, de organizarles y de adiestrarles de acuerdo a los dictámenes de su
identidad y encaminarles hacia su propia libertad:
“Es
durante las grandes crisis cuando los hombres demuestran su verdadero metal.
Muchos, demasiados, ante las primeras amenazas de tormenta se desentienden del
mundo y se escabullen como viles alimañas a la oscuridad de sus madrigueras y
escondrijos. Otros, los legionarios del cambio, esperan atentos al llamado de
generales y profetas que los guíen e inspiren en la misión redentora. Y aún
otros, enfrentados con la tempestad que amenaza nuestra destrucción, impulsados
por el fuego de una gran pasión por la rectitud y el amor al prójimo, extienden
sus alas contra el vendaval y se comprometen, hasta con su último aliento, a
nuestra protección. Éstos han sido, y siempre serán, los dragones guardianes de
nuestra sociedad.”
Shodai J. Alejandro Overton-Guerra
El sabio-guerrero
resulta siempre el máximo impedimento para la explotación de los recursos
naturales y humanos de un país y por lo tanto resulta el primer individuo
identificado, acosado y eliminado. Y en el proceso de la colonización misma,
que siempre incluye una reprogramación cultural, mental y social del pueblo
colonizado, la figura del sabio-guerrero es condenado al ostracismo y al
exilio. El pueblo, la cultura, la nación, el país, la comunidad, la familia
resultante, sin sus dragones guardianes, sin sus sabios-guerreros, queda
reducida a la calidad de “viles alimañas” y después de generaciones los
“legionarios del cambio” vienen a ser una reliquia del pasado. De hecho, lo que
va quedando es una masa ignorante, apática, y soberbia, una plaga de
“negativistas desafiantes”, de perros callejeros, resistentes a cualquier
cambio que requiera orden, obediencia, esfuerzo, educación. Desafiantes ante
cualquier disciplina libertadora, rechazadores de cualquier forma de sabiduría,
lo único que las masas tercermundistas anhelan, lo único que desean es alcanzar
el estatus de “ciudadanos-integrados”, de perros domésticos – estatus al que el
primer mundo nunca les permitirá alcanzar – para permanecer siempre sirvientes
fieles y dedicados de sus amos colonizadores.
He Dicho. Así Es. Y Así Será.
Shodai
Overton-Guerra
SEMPER ERUDITIO